Un mordisco pausado, disfrutando de su momento, como cada tarde. Siempre sentada en el banco de madera, junto al porche, con su dulce panecillo de canela. La ligera brisa mueve suavemente su pelo canoso, mientras el sol de media tarde juega con las arrugas de la cara. Se lleva la mano a la boca y le da otro mordisco.
A estas horas todo está en calma. Mientras que ellos prefieren la siesta, ella saborea el instante de tranquilidad, sola, comiendo uno de sus panecillos. Para ella es verdaderamente un placer, y a pesar de los años mantiene su pequeña costumbre siempre que puede. Su cara refleja, complacida, su felicidad; sus labios no sonríen, pero sí su mirada.
Vuelve a dar un mordisco más, esta vez más pequeño. Su brazo va bajando poco a poco, hasta posarse serenamente sobre sus faldas. En el silencio se escucha una pausa. Breve. Luego todo continúa, la tarde sigue su camino. El sol continúa reflejando su cara, y el aire sigue jugando con su pelo. Ella ya no está.
|