Igual sólo quiero estarlo, y ella es una buena candidata. No sé cómo es, no sé qué le gusta, no sé qué piensa. Pero algo ocurre, porque me altero mientras escribo, mientras intento poner mis pensamientos en letra... me pongo nervioso. Supongo que cuanto más desconozco sobre ella más me puedo enamorar, más libertad tiene mi cabeza para darle virtudes. Quiero enamorarme, sí, de acuerdo, soy la víctima perfecta para que Cupido termine de cubrir el mínimo de enamoramientos necesarios para que no le echen del trabajo. ¿Pero por qué ella? ¿Por qué no ninguna otra? ¿Por qué necesito suspirar cuando la recuerdo? ¿Por qué la recuerdo?
Hace ocho meses desde que la vi por última vez, y desde entonces vuelve a mí de vez en cuando sin avisar, para obligarme a desearla. Yo ya la conocía de hace muchos años, de cuando mi acné llegaba antes que yo a los sitios, pero "de lejos". No se trataba del amor adolescente con quien soñaba desvirgarme, era simplemente un pupitre femenino más, sin nada especial que llamara la atención. Alguien a quien yo miraba todos los días sin ser consciente mientras mis hormonas se debatían entre mi amor platónico y las tetas de Mónica. Mi corazón de sentimental recién estrenado fijaba todos mis pensamientos en el amor inalcanzable de mi prima la de Cuenca, que una vez, años atrás, me besó en la mejilla escondidos en el asiento trasero de un Fiat Panda mientras mi hermana gritaba aquello de "por mí y por todos mis compañeros" puntualizando seguidamente "por mí primero". Al mismo tiempo continuaba descubriendo mis genitales recordando unas dos o tres veces al día los pechos de la tal Mónica. Con tantas distracciones no tuve tiempo para darme cuenta de que mis ojos la miraban a ella y de que unos labios traviesos aprovechaban para colarse en mi subconsciente en forma de sonrisa. Y ahora, unas cuantas relaciones y polvos después, y tras un encontronazo fortuito, reaparece esa pequeña parte de ella que dejó en mí con su publicidad subliminal, lo más seguro que de forma totalmente involuntaria por su parte.
No sé cómo es ni qué piensa, no sé qué odia ni qué metas tiene, no sé qué siente, no sé quién es. Pero me gustaría saberlo, me gustaría verla, me gustaría besar sus labios, me gustaría que me mirara y sonriera. Quisiera conocerla por fin y terminar de enamorarme, o por el contrario quitarle el vestido de bello amanecer que le he puesto y continuar pensando en las imperecederas tetas de Mónica, hasta que esa otra ella, mi pareja, acabe encontrándome.
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