Mañana: me planto ante el papel en blanco, animado y con ganas.
Medio día: Van pasando las horas, van pasando las ideas. Van pasando las ganas.
Tarde: Una idea ocupa mi mente, me centro en ella y la llevo a cabo. Después de comerme el sándwich con doble de queso vuelvo a la realidad: el papel continúa en blanco.
Noche: Empieza el desespero. La inspiración no llega de ningún sitio, por lo que voy a buscarla, concretamente al poema que me hizo ganar mi primer premio literario a la edad de 10 años:
¿La vida te parece dura?
Piensa que dura lo que dura.
Diviértete por tanto,
pero de cuando en cuando
échale un poco de cordura.
Madrugada: Después de analizar el poema, llego a la conclusión de que, seguramente, no cuele como columna de una revista de literatura. Realizo unas modificaciones que acuden a mi cabeza con una dudosa rapidez:
La vida nos hace pensar ¡cuídala!
La mente nos hace sentir ¡aliméntala!
Los sentimientos nos hacen vivir, ¡disfrútalos!
Amanece: Cuando leí el poema retocado recordé que hacía unos 20 años ya había recurrido al original de mi niñez, y que ya entonces publiqué el modificado, que simplemente ahora había recordado. Sigo con la idea de mantener la esencia del primer texto, pero que sea razonable con mi edad y prestigio, y que no defraude a los fans que una figura literaria como yo, con cientos de premios a sus espaldas, tiene a los 59 años de edad. Con la sensación de un trabajo bien echo escribo lo siguiente y me voy a la cama:
Un día empieza, ya sabes como acaba.
No te calientes la cabeza y disfruta.
© Bustinic |