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karrajo
  Ser metrosexual es la hostia en vinagre

Hola amigas, ji ji ji, bienvenidas una vez más a la sección de moda de MysteryWebMagazine . Vuestros novios, zopilotes y amantes todavía no se han coscado de una nueva moda que hace referencia a una nueva casta de estilosos y bien preparados varones que siempre quisimos. El hombre ha de adaptarse a las nuevas tendencias y cuidarse, por lo que se acabó disimular la alopecia a lo Anasagasti, mueran las axilas hirsutas, ¡basta ya de aliento a Farias!, no más antiestéticas zurraspas, pergañetas y cascarrias percutando el esfínter de tu marido.

Con este interesantísimo artículo os daremos las pautas y sugerencias adecuadas para que lleves a tu hombre por el buen camino. El macho ha de renovarse con el fin de impresionarnos, para que cuando le veamos saltando en pértiga no nos venga la cabeza la imagen de una caca pinchada en un palo, ji ji ji.

Como el hombre siempre está pensando en lo único, cuando le hagas mención sobre el vocablo "metrosexual" automáticamente querrá llevarte al Metro para "hacerlo", era de esperar dada su naturaleza espongiforme. El hombre debe darse cuenta de que follar mucho no es bueno, además provoca dos efectos negativos: por un lado la pérdida de memoria y el otro no me acuerdo. Al principio al varón le costará asimilar que la metrosexualidad no tiene nada que ver con los follares; ten paciencia y explícaselo poco a poco, ten la argucia de atraer la conversación a tu terreno, ten la delicadeza de no decírselo cuando haya Champions League, ten con bioalcohol. Aclárale pacientemente que aunque la tenga grande como para echársela por encima del hombro (tipo Rey de bastos) eso no es ser "metrosexual". Por otra parte si tu marido la tiene corta como la picha de un virus, que no tiemble porque eso no supone ser "milímetro-sexual", aunque nos entre la risa. Te damos un año de plazo para que le aclares el concepto, si no resulta dale de su propia medicina con la siempre efectiva felación. Si no atiende a razones ampútasela con las tijeras del pescado.

A algunos machotes tropicales se les puede hacer un nudo en la corbata por el hecho de pensar en aplicarse ungüentos, cremas, sebos y linimentos. "Acaríciale" a tu marido las rótulas con un bate de béisbol cada vez que le oigas mencionar aquello de "esas cosas son de nenazas". Tienes que hacerle ver que la metrosexualidad son todo ventajas: un tónico muscular a base de papaya mollejada hará que tu pareja enluzca mucho mejor las paredes en la obra; por no hablar de las propiedades del gel hidratante para el contorno de ojos cuando esté tirando gotelé. El buzo de trabajo resulta taaan antiestético, ¿qué hay de malo en vestir de Victorio y Luchino en el tajo?.

Cuando el varón alcanza los cuarenta tacos, toda la pelusa que poblaba la azotea se va desplazando hacia el sótano. Que se le quite a tu marido la idea de que "la calvicie es salud". Hay que repoblar esa cocorota y exterminar todo retal de caspa, eccemas y seborrea. Como las sesiones de reimplante capilar son económicamente prohibitivas, os sugerimos un truco casero y asequible consistente en pegar con Gomafer los restos de la depilación nasal de tu marido en la calva. ¿Qué tu esposo no tiene piños porque antes era yonki?, ¿está con el Spansuls y la Metadona?, no pasa nada porque a caballo regalado no se le mira el diente.

El resto de su cuerpo serrano nos gustaría verlo rasurado, ya que las mujeres estamos hasta el conducto membranoso y fibroso que circunvala desde la abertura externa hasta la matriz (el coño, vamos) de que los hombres se parezcan a Chewaka. El tacto velludo nos raspa, señores, y son muy desagradables la multitud de miasmas, platelmintos y lasñas madreporáneas que pululan entre la maleza. Acostúmbrale a que desbroce la pelusilla por sí mismo con cremas depilatorias, pinzas, retro-excavadoras, machetes francoprusianos y tratamiento láser. De paso que se alicate un pelín los bajos con herramienta pertinente (descartadas las tijeras del pescado). ¿Cuándo nos han visto a nosotras las ingles tan hirsutas y orangutanescas?, sin contar a la Pantoja, claro.

Analicemos uno de los puntos más ignominiosos, desdeñosos y punzantes conferidos a la fisionomía de tu pareja. Lo has adivinado amiga, es esa protuberancia adiposa que nace desde la base del esternón hasta el pubis y que en ocasiones no le permite verse las pelotas: la barriga cervecera. La única ventaja del tripón de tu marido pudiera supeditarse al acoplamiento de dicho apéndice barrigudo en tu espalda durante el coito anal, por temas de comodidad, pero como es humillante preferimos los abdominales a lo "tableta de cacao", no a lo "caldereta de chocolate". Como el único ejercicio físico que tu pareja ha hecho en la vida es imaginarse a las vecinas en bolas, tendrás que contratar a un entrenador personal e intransferible experto en full-contac y que le obligue a sudar como a Sudán Hussein, que estamos hartas de que nuestros maridos sean vagos hasta el punto de extraerles las cacotas con cuchara.

La pandilla de tu marido cambiará los malos hábitos de los puticlubs y tascas de vinos por la pedicura y el aeróbic. Incluso puede que vayan juntos al baño para hacer los tests de la Cosmopolitan. Disfrutarán como enanos tirándose toda la mañana en el consultorio médico rajando sobre la subida de la pescadilla, o quejándose por los últimos dolores menstruales. Pero de una vez por todas, tu hombre será cada más atento y aprenderá no sólo a no mearse fuera de la taza sino a no dejarlo todo lleno de cagallones, que mira que resbalan cuando se mezclan con restos de uñas de pies y escamas (ya ha vuelto a utilizar las tijeras del pescado).

Ser metrosexual no es una excusa para vender productos de belleza, no es una artimaña sexual para el apareamiento, no es un tema pasajero para programas televisivos, ¡mal pensados!, la metrosexualidad se corresponde con un aspecto evolutivo complejo que se centra en el ejercicio del dominio a través de una concepción panteísta del mundo y que estimula el quietismo ideológico, el dominio de las pasiones, la continencia y la frugalidad. Es por así decirlo un estadio intermedio entre la imbecilidad innata y la majadería.

© Luis Darbonens