"Quisiera ser más guapo/guapa" dice silenciosamente ante el espejo la absoluta mayoría de la población occidental. Quien dice más guapo dice más bíceps, menos culo, ojos verdes, estómago poblado de abdominales... sea lo que sea el motivo de inconformismo superfluo va guiado por el ideal de belleza que ya desde la antigua Grecia se utilizaba para honrar a los Dioses del Olimpo con su Arte, mesurado y armonioso.
Es la historia del ser humano: ser "más" en lo positivo, mejor en todo, con conocimiento ilimitado y encima, como colmo de ingenuidad, vivir tranquilamente. Pero porqué entre tanto deseo la belleza, lo superficial, lo sensual, los cosméticos, la moda, la cirugía, el erotismo, la pornografía... mueven tantos y tantos miles de millones en nuestra cultura. Es posible que sea porque en la fantasía de ser más bello/a en cuerpo y rostro va implícita a la idea de ser más feliz, por eso nos es más fácil identificarnos con rostros ideales, lo cual explica la razón por la que en casi todas las películas los papeles protagonistas están reservados a personas de gran atractivo. Pero habría que preguntarse porqué la dicha de ser una persona realizada se ha de buscar siendo más en algo (y encima algo caduco metabólicamente) cuando lo más sencillo es aceptarnos tal y cómo somos; Quizás para responder esta pregunta habría que mirar hacia las teorías psicoanalíticas de Jung sobre el subconsciente colectivo o sobre las pulsiones sexuales reprimidas de las que tanto gustaba teorizar Freud...
Pero, me gustaría ahora, comentar uno de los conceptos vigentes actualmente, acuñados por Karl Marx, que es la cuestión de "ideología", la cual se refería él como aquellas ideas implícitas en la mente de la población como algo inamovible, algo que siempre ha estado así y que nunca debería cambiar ya que sería una tarea imposible. Ideas conformistas éstas que buscan el desánimo de cualquier pensamiento subversivo o contracultural, las cuales el poder del momento introduce de manera suave o represiva dentro de la mayoría de mentes. Es decir, para el campesino del medievo era impensable que él pudiese elegir quien gobernaba en el reino que por nacimiento le había tocado vivir o cómo la víctima de la represión estalinista podía pensar que el enorme "imperio rojo" de la Unión Soviética se iba a desmoronar como un castillo de naipes; lo mismo sucede hoy con la idea de la "Afrodita de estar por casa", del "Dioniso discotequero" o de la "Sherezade que va al mercado". Hoy nos parece imposible que no se nos pueda juzgar por el simple hecho de que tu cara tenga tal o cual morfología y en caso de no estar conforme untarla de cremas, maquillajes, barbas, perillas, bigotes, rímel... Pero quizás esto sea cuestión del contexto en el que vivimos. Porqué no te puedes enamorar de un hombre feo o porqué tu musa no ha de tener celulitis cuando son hechos puramente circunstanciales, ya que aquellos y aquellas que se quedan en el envoltorio de regalo ¿estarán preparados para la soledad cuando su bigote se llene de canas, sus pechos caigan hasta el ombligo, su piel rebose de arrugas...?
Dejemos a un lado las suposiciones, las especulaciones y los castigos divinos para aquellos que hemos pecado de ser superficiales. Pongámonos un poco más filosóficos y pensemos porqué un motivo que causa intranquilidad a gran parte de la población (anorexia, bulimia, inseguridad...) es tan bien aceptado por la población. Vayamos por pasos y preguntémonos primero porqué genera la desesperación. En el "Tratado sobre la desesperación" escrito por Kierkegaard en el siglo XIX nos dice "(...) el hombre desea siempre desprenderse de su yo, del yo que es, para devenir un yo de su propia invención. Ser ese "yo" que quiere, haría las delicias (...) pero ese constreñimiento suyo de ser el yo que no desea ser, es su suplicio: no puede desembarazarse de sí mismo." Cuando Kierkegaard habla del yo podemos referirnos al yo construido desde nuestra identidad facial o corporal, ya que él explica que el ser humano busca imaginarse un yo ideal, es decir, cómo le gustaría ser y ese deseo es el que le hace estar inestable, intranquilo, inconforme; especialmente causa desesperación cuando ese "yo imaginario" podría ser el motivo de que te den un puesto de trabajo o sirva para ayudar a enamorar a la chica o al chico que te gustan. Ahora preguntémonos porqué este razonamiento sobre la desesperación individual no se cambia. Porqué los trastornos de peso van al alza cada día que pasa, porqué hay más adolescentes que dejan de comer, porqué más jóvenes en Estados Unidos pasan por el quirófano como regalo de cumpleaños.
Salimos a la calle, damos una vuelta por nuestro barrio y apuntamos cuantísimas caras con blancas sonrisas nos miran desde sus paneles luminosos; ojeando una revista o viendo la televisión nos encontramos cuerpos diez y curvas sensuales vendiéndonos coches, pastillas para perder peso, refrescos, hamburguesas, dulces, televisores, etc. La respuesta la encontramos en los ensayos sobre la posmodernidad del cínico analista Lipovetsky. Especialmente cuando nos habla de la sustitución del principio de convicción por el principio de seducción, el cual hace que el individuo pierda todo interés por cualquier ideología concreta y se deje llevar por la marea de reclamos publicitarios en los que diariamente invierten las más prestigiosas marcas y multinacionales, pensando en que el camino hacia la libertad del hombre es meditar el "qué me pongo hoy", la cual cosa ha supuesto un aumento de la apatía y la indiferencia entre la población, especialmente en la juvenil. Pero no es meramente una crisis generacional sino que afecta a que los índices de participación en las elecciones de las democracias occidentales caigan estrepitosamente o se elijan a los líderes, no del mañana, sino del presente por la magnitud de su sonrisa en el cartel colgado en esa esquina, en la otra, en la calle de más allá y finalmente por toda la ciudad. El principio de seducción hace de anestesia para que cuando la cruda realidad que nos envuelve (y que indirectamente provocamos desde la "civilización" dominante) nos golpee nuestra sensibilidad.
Ver en televisión las atrocidades de oriente medio, la famélica África o la Segunda Guerra del Golfo no sientan tan mal cuando tienes la posibilidad de cambiar el canal y ver una cantante esquelética y elegante besando a su marido futbolista (tened en cuenta que la alternativa referida no ha sido la de apagar la televisión). Es por ello que los gobiernos no miran con recelos el reino y supremacía intelectual del principio de seducción en la posmodernidad: primero porque genera amplios ingresos en el libre mercado, atenúa el principio de convicción (cimentado en conceptos revolucionarios) y les sirve de mascarada para tapar sus propias verrugas burocráticas; que la gente se deprima, se desespere o vomite después de cada comida les es igual . "Ya es posible vivir sin objetivo y sin sentido " dice Lipovetsky en su libro "La era del vacío", pero se equivoca al olvidar (u obviar) los objetivos y sentidos generados por el principio de seducción, es decir, tener la colección completa de cómics, comprar algún día un coche de lujo, emborracharnos esta noche, ligarnos a tal o cual mujer u hombre y presumir de ello entre la gente que nos rodea... o simplemente aprobar el siguiente curso con una buena nota o encontrar un buen trabajo. Está claro que hay que matizar su "máxima" diciendo "ya es posible vivir sin objetivos y sin sentidos trascendentes para la sociedad".
Individualmente parece ser que los medios de masas buscan una unificación del deseo formando ideales de belleza que no son naturales en ningún sentido, que se forman gracias a la presión mediática, sobre las pasarelas, entre estrellas de Hollywood o en la intimidad de la pornografía. En sociedades antiguas, primitivas o de una larga tradición de determinadas tribus, la belleza se cuantifica por el peso creciente de la persona, es decir, hay culturas en las que las "tallas grandes" son las que podemos apreciar como la máxima belleza; las esculturas clásicas de Grecia, las pinturas de Rubens o el glamour de la aristocracia del siglo XVIII hoy no son vistos iguales porque las sociedades han ido cambiando, o quizás debamos decir que lo que ha cambiado es "la juez del gusto", la gran seductora: la moda.
Por moda no sólo me refiero a las pasarelas de París o Milán, sino en aquello que ve todo el mundo, aquello que aunque no sea de tu gusto y no lo busques lo acabas encontrando por todos lados, podríamos llamarlo como "la verdad de todo el mundo que vive en el mismo contexto". Preguntarnos realmente si tenemos un gusto propio a la hora de vestir, mirar y pensar o somos simplemente el cúmulo de influencias que nos rodean (o nos invaden) constantemente. Antes de hacer un discurso sobre psicología social y citar a Gergen, preferiría mirar otra vez al pensamiento filosófico, de mediados del siglo XX, y ver alguna explicación antropológica sobre el tema que estamos tratando. En la obra de Ortega y Gasset la masa tiene una presencia constante en contraposición al individuo. Parafraseándolo: " En la soledad el hombre es su verdad -en la sociedad tiende a ser su mera convencionalidad o falsificación. En la realidad auténtica del humano vivir va incluido el deber de la frecuente retirada al fondo solitario de sí mismo." Dentro de esta visión platónica e individualista del ser humano, donde Ortega muestra su tendencia liberal, y que parece como si los convencionalismos y las falsedades humanas no influyesen a esa "verdad" solitaria del ser humano. Pero la razón principal de haberlo citado es la reflexión que se hace al comparar convencionalidad con falsedad, pues ¿es falso que realmente nos gusten los cánones impuestos por la convencionalidad? Pero realmente, lo que más me puede interesar de esa reflexión es ¿cuál sería mi gusto real, mi arquetipo de belleza si no estuviese bombardeado constantemente por el "deseo mediatizado? ¿El hombre y la mujer diez serían los mismos a los que nos han educado desde pequeños en dibujos animados, series de televisión, juguetes, películas...?
Vivir en una sociedad superflua conlleva a que entre en choque la culpabilidad individual por desear, o por querer ser lo que uno no es, generadas e impuestas por nuestra larga tradición judeocristiana. Milan Kundera, en su novela " La Inmortalidad " lo explica bastante claro: "El pudor significa que tratamos de evitar lo que queremos y nos sentimos avergonzados de querer lo que tratamos de evitar." Muy a menudo no es sólo el pudor quien se confronta con nuestros deseos, si no la imposibilidad económica que nos hace frustrar en la realización de aquello en lo que nos sentimos seducidos por la publicidad.
Cuando te preguntan si quieres ser más guapo, es parejo a que te pregunten si quieres ser más rico... pero quizás la respuesta más lógica es querer ser rico al no aceptar las "necesidades" mediáticas, tanto materialistas como superfluas. Alguien muy inteligente y sin necesidad de tener renombre dijo: "No es más rico el que más tiene sino el que menos desea."
No nos dejemos envenenar por sueños metalizados y con dirección asistida, ni por amores que acaben en la retina. Intentemos reflexionar sin los hilos de la presión de la elite social, pues ellos si nos hacen soñar es por el mero hecho de enriquecerse a costa de nuestra frustración. La realización se consigue al no buscarla.
BIBLIOGRAFÍA:
G. Lipovetsky, " La Era del Vacío" (Ed. Anagrama, 1990).
G. Lipovetsky, "El Imperio de lo Efímero" (Ed. Anagrama, 1990).
Ortega y Gasset, "El Hombre y la Gente " (Alianza Editorial, 1957 [2001]).
Milan Kundera, " La Inmortalidad " (Tusquets Editores, 1989).
Sören Kierkegaard, "Tratado de la Desesperación " (Ed. Fontana, 1994).
|