Ella mezcla tabaco en el salón. Es de noche, hace frío y en el portátil suenan los acordes de alguna canción de Silvio Rodríguez. Él se pasea por el pasillo mientras insiste en que deberían limpiar el baño antes de acostarse. Y la televisión quiere que dejen de fumar.
Lejos, en cualquier otro lugar, Greta intenta dormir en vano. Le viene a la mente el recuerdo de Ella envuelta en cannábicos aromas. Rechaza el abrazo de las sábanas a base de patadas y se incorpora en la cama, sus bellos tirabuzones rubios ligeramente despeinados y sus grandes ojos grisáceos entrecerrados a fin de vencer con la vista el imperio de las tinieblas. Se levanta, se viste, se peina, sale de su habitación, abandona la casa y trata de dejar atrás sus oscuros deseos huyendo por la vereda de la puerta de atrás. Así de rápido. Tras una larga caminata, la muchacha piensa que lo mejor que puede hacer es soltar lastre. Se quita las katiuskas, el abrigo de charol y el ataúd, y los va arrojando a lo largo del camino de árboles. También se quita las gafas, por lo que no ve la aldea que tiene enfrente hasta que se estampa contra ella. Contra toda la aldea. Porque es muy pequeña. La aldea. Greta la percibe como una masa borrosa de muchos colores, cúpulas con espinas y calles desiertas pero vistosas. Y cómo huele… a flotadores rojos, a mermelada helada, a suspiros positivos, a lluvia de caramelo. Tropieza con un riachuelo pero, como no le apetece nadar, se limita a echarse agua en los ojos y en la boca; esta agua se solidifica al ser extraída de su hábitat natural, de modo que se transforma en dos lentes y un bozal. Greta ve ahora, sí, y con una claridad insólita, aunque por otro lado no puede morder el polvo, ni la fruta, ni las palabras, y eso le hace temblar de hambre, creer desfallecer, delirar e imaginar al guerrero sentado en una piedra detrás de su lanza, junto a un caballo negro tendido sobre la hierba que, con una máscara de bronce cubriéndole medio rostro y parte de la crin, estira las sienes hasta delimitar perfectamente el este y el oeste de la mirada. El guerrero incrusta el pico de su lanza en las lentes y el bozal de Greta y escribe “Hasta otra”, rompiendo así el último de los maleficios; los anteriores no. Entonces Greta encuentra un atajo de vuelta a casa, pero al poco rato pisa un géiser y es impulsada hacia arriba, hasta los territorios de la Luna Llena. Se abraza a ella, la besa, resbala jugando y, mientras cae de regreso al suelo, decide que tal vez debería cambiar su dieta por una más rica en plomo, o bien desnucarse de una vez por todas.
Al otro lado de la percepción, Ella, canuto en mano, sufre un escalofrío y, a continuación, una pequeña lágrima resbala solitaria por su pálida mejilla. Desde el sillón, Él se queja, le duele la cabeza.
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