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karrajo
 Albertine entre fábricas de coches

        Doblábamos las esquinas a tanta velocidad que la ciudad nos parecía un lugar alegre y el humo de los tubos de escape de cada uno de los coches que nunca llegaríamos a conducir nos seducía, como aromas de sitios lejanos. Entre jugos de saliva nos emborrachamos, de calle en calle, de boca en boca, como si fuera un lujo el beso, un tesoro bonito. Fuimos guardando sonrisas para cuando no nos quedara más que tristeza, escogiendo el minuto más amable de cada día, rechazando el abismo de un horario de oficina. Ruido, el sonido del movimiento. La ciudad nunca ha sido tranquila.
        Hay fábricas cerca de nuestra casa, mañana compraré algunas cortinas azules, para darle color al cielo, para convertir las fábricas en helados de nata, para ver otra ciudad desde la misma ventana. Para que Albertine salude alegre a las calles.
        Enredada entre aires de playa se duerme nuestra casa cada noche, atravesada por sueños de todo el barrio, nuestra casa tiene vida, la casa siente, a veces la he oído llorar, ¿sabes?, dice Albertine antes de irnos a dormir con carita de pena y aire dubitativo de quien espera un mañana ten feliz como el de hoy.
        Albertine no duda en cantar cualquier canción antes de salir a trabajar, le atrae la idea de ser feliz y llora con películas que a mí no me suelen gustar pero veo con ella, porque me gusta estar con ella y sonrío cuando veo que empieza a apretar los labios y sus ojos se inundan, la abrazo y le digo que, si quiere, podemos salir al balcón, a ver como están los gatos.
 
© El Ignorante