Las luces de fuera, de la ciudad, violan ventanas con arrogancia y provocan rápidas sombras que invaden durante pequeños segundos mi casa, que no es mía pero vivo en ella. Yo las observo e intento definirlas para encajarlas dentro de algún motivo pictórico o ridículo. Los ruidos de coches dañan la austeridad de mi deseado silencio mientras describo vuelos de aeroplanos con mis manos. La nieve cae en la caja de ruido. Yo censuro la lluvia con un giro, la propago, la cabreo, ahogo su vida en un instante. Soy dueño de todo mi pequeño entorno. Elijo.
Las esquinas se vuelven rectas si pienso en correr en cualquier sentido. La monotonía del suelo es agradable.
Me cierro en la habitación más oscura de casa. Estoy solo, derrotado y agrio, fulminado. Oigo que el aceite y la guerra no son más que palabras, el sudor de los que aquí cayeron fue tomado como anécdota para contarles a los perros una historia antes de dormir.
He decidido no volver a salir durante un tiempo, ahora seré yo el causante de los destrozos de mi vida, yo soy el autor de mi biografía, el que ahora mira al techo con un arma en las manos, queriendo matar recuerdos.
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