Eva no se ahogó, se deslizó suavemente sobre las aguas del río que bañaba la casa donde odió tanto a su marido. Diego fue el eje central de la fábrica de madera de su padre cuando este murió a la edad de 45 años. Jamás, y entendamos por jamás un tiempo indefinido de tiempo más grande que una vida, Diego besó a su mujer con un cierto aire de amor, si alguien entiende qué es eso. Eva salía poco de casa, pasaba las horas observando jilgueros, escuchando en la radio a Frank Sinatra mientras las hojas de los árboles repicaban en la ventana a un ritmo inconfundible de swing del mismísimo Glenn Miller. Eva respiraba cuando Diego salía de casa mientras amanecía en dirección a la fábrica que heredó, a falta de hermanos e interesados, de su padre. Era entonces cuando se sentía sola y eso para ella no era nada malo, era esencial y determinante estar sola para durar muchos años. Diego llegaba a casa sobre las 9 de la noche, con una mueca sobria y carente de interés entraba, exigía su cena y no mediaba palabra con Eva sobre lo acontecido a lo largo del día. Eva había aprendido a no hablar mientras no se lo pidieran, las melodías swing eran suficiente para sentirse querida en el mundo, soñaba con un Frank Sinatra vestido de esmoquin, mantenía la esperanza de escapar algún día con él dando pasos de claqué. Eva no era culta y no leía nada más que recetas culinarias, la falta de televisión en casa y la escasez de lecturas hicieron que Eva nunca se enterara que Frank Sinatra era un hijo de puta como la copa de un pino, pero los sueños son así, sólo tienen esencia, de eso están hechos, cuando se cruzan con la realidad se convierten en un saco de espinas de pescado. Diego retiraba el plato de su cena con un leve manotazo, tras acabar las cuentas de la fábrica y acabarse media botella del whisky más agrio de esas tierras, buscaba a su mujer, cuando Eva espetaba qué pasa Diego este arrancaba las palabras de un manotazo en la cara de su mujer mientras Eva sangraba con la nariz rota. Diego levantaba las faldas de Eva, ni siquiera se molestaba en quitarle las bragas, las apartaba ligeramente y no la follaba, eso es una palabra demasiado bonita para el relato que estamos tratando, la violaba una y otra vez mientras Eva se desangraba y lloraba como una niña pequeña. Pensaba en Frank Sinatra, pero no sabía que el bueno de Franky estaba haciendo lo mismo en una habitación de hotel en Nueva York. No era la primera vez que esto pasaba, todos los días acontecía la dantesca escena cuando no florecía la generosidad de Diego y sólo reventaba a puñetazos el estómago de Eva dejando la violación para otro día por lo bien que había hecho la cena. Eva iba constantemente a visitar al párroco del pueblo, este, escudado en su ostia y su cáliz divino, elevaba las manos y escupía palabras divinas Dios lo quiere así , hija , qué coño, no pienso escribir la palabra dios con mayúscula nunca más, que le jodan. Eva, cómo no, nunca conoció a Franky, la única alegría que podía experimentar es morir por ella misma, no a manos de Diego, dios, Franky, o la Santa Providencia de los mentirosos. Eva cogió pesadas piedras, las colocó en sus bolsillos y se deslizó al fondo del río. Murió. Yo habría hecho lo mismo, no sin antes llevarme por delante a dios, Diego, al párroco del diablo y a los cantantes que se están confesando en el sótano.
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