La chica del diente de oro cogía mi mano cada vez que pasaba por la húmeda calle que llevaba al campanario de la zona norte de la ciudad. Vas solo, chico cabizbajo, me preguntaba con una obscenidad camuflada por su vestimenta raída, voy solo y solo he de volver, le contestaba cada día, cada vez que, aún queriendo esquivarla, cogía mi mano y mirando a todos los lugares menos a mis ojos me hacía la solemne pregunta, vas solo, chico cabizbajo. La chica del diente de oro era la chica distraída, el abominable inicio de la belleza de esta ciudad.
Una vez, una tarde de un invierno cualquiera, me destinaron a remodelar el campanario de la zona este de la ciudad. Dos meses llevó el trabajo, cinco semanas menos que el del campanario de la zona norte.
He de reconocer que creí necesitar la presencia de la chica del diente de oro en el trayecto de mi casa hacia el nuevo trabajo, nadie, nunca, ni siquiera las ratas se dignaron a acompañar a un chico cabizbajo, que cada vez estaba más y más encorvado, parecía que la tierra me estuviera llamando antes de tiempo. Sólo la chica del diente de oro me hacía esa pregunta, a fin de cuentas era la persona más cercana que podía tener en esta ciudad.
Harto de creer necesitar que alguien me hiciera una pregunta tan amable, me puse en contacto con el cardenal, necesitaré dos semanas para volver al campanario de la zona norte, su sonido no termina de convencerme, podría mejorarlo, todo mentira. Sólo quería volver a pasar por la misma calle, ver a la chica del diente de oro y volver a decirle, voy solo y solo he de volver.
Al día siguiente encaminé mis pasos hacía el antiguo trabajo. Al entrar en la calle húmeda no vi a la chica del diente de oro. Pregunté a los habitantes y nadie se digno a responder, pregunté a los guardias y no fueron capaces de responder, pregunté a Dios y nada supo decir. La chica había desaparecido, nadie sabía dónde estaba, nadie articuló palabra, llegué a pensar que fue una ilusión mía. Ahora esa dulce pregunta, tan amable, que yo creí cariñosa en cierto modo, no era más que una burla, desaparecí yo y desapareció la chica del diente de oro. Ahora esa dulce pregunta, se ha traducido en un grito constante que brota de mis entrañas y que vive en mi cabeza desde ese día hasta el fin de mi vida, un grito que dice Vas solo, chico cabizbajo.
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