Al irse me devolvió los retales del alba, los arrancó del ventanal mientras yo me hacía el dormido creyendo que ella descansaba y mantenía en punto muerto el cerebro. Se llevó los discos de blues, el sexo, el opio que guardaba en cajitas por toda la casa y mi equilibrio emocional. Fue una mañana normal en mi casa de barro, como cuando pensábamos igual, se escondió la suerte en mi espalda dejando un rastro de infelicidad y los perros ladraban anunciando el caos y la vendimía de los cuerpos flacos. No dejó más que cuatro esquinas huecas, un cuerpo roto en la cama y cuatro pastillas de prozac, tal vez mi premio. Se marchó dando pequeños saltos por el camino apretando una bola del mundo antiestrés. Yo me masturbé por primera vez ese día mientras oía sus pasos de lejos.
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