Si Elena se alzara sobre sus diminutos tobillos podría ver, volando por encima del húmedo campanario, las últimas palomas del invierno.
Si Elena decidiera abrir los brazos sentiría la brisa fría y amable del último soplido del viento de esta tarde.
Si Elena fuera feliz en este momento sus ojos no mirarían suelos ni paredes, observarían los juegos de los chiquillos y el amor de los insectos, serían testigos del autorretrato que el cielo se ha hecho sobre un charco aún asustado por las últimas pinceladas. Si ahora fuera dueña de la alegría sus oídos no recogerían los ruidos de los coches, ni el tirar y hacer de las obras, serían el público ciego de los silbidos de las muchachas que esperan a sus novios.
Pero Elena decide esperar el apagar de luces enroscada en el banco de la plaza, donde rápidos y lentos y tristes y alegres pasan los habitantes del pueblo en dirección a la cena caliente de brasero y radio.
© El Ignorante |