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karrajo
 El porqué de las cosas

La tarde se acaba cuando todas las sirenas de la ciudad aúllan, cuando los lobos, los ahogados, los enemigos de todo lo ajeno emprenden el viaje a sus madrigueras, cuando la belleza se esconde detrás del último de los buenos lugares, cuando se cierran todas las puertas. La tarde se acaba con el segundo que transcurre en el último sorbo del café más tranquilo. El fin es todo lo que acaba no la razón de haberlo hecho.

La calle, lluviosa y gris, como en una película de Truffaut, sería el escenario ideal para volver a ser feliz, para encaramarme al hierro de las buenas ideas, al placer de ser mínimamente necesario, pero me contradigo constantemente y ahora me amanece al revés.

El bar es ahora mi casa. Soy un escritor cojo, un músico inútil y un pintor que nunca empezó a pintar en serio, soy lo que siempre quise ser a largo plazo, un extraño a la coartada universal, un urbanita mal dispuesto. Soy yo, de eso no me cabe duda, el que ahora se rasca el cuello.

Una servilleta de bar sirve para plasmar mis antiguas frases, a veces poemas que yo siempre deshecho como fruto de lo inútil, innecesario todo lo que venga de mí. Una canción no es canción sin oídos que la escuchen, una vida no es vida si no la puedo compartir.

Pido un café al chico de la mano quemada, por lo que he oído se quemó al tercer día de haber entrado el año del cerdo cuando intentaba celebrar la victoria de no sé qué equipo adinerado. Algún colectivo, supongo.

Hoy no tengo dinero para mucho más que un café como el que ahora calienta mis manos de pianista frustrado. Yo soy el lado opuesto de la ciudad, el crimen perfecto de cualquier cosa.

Me gusta este sitio, tiene anchos cristales por los que puedo ver pasada la calle a una señora de pelo oscuro que atrae los vientos con sus manos, tiene dos perros atados a su muñeca, ladran y se revuelven como charcos asustados al ver pasar el único autobús que se dirige a la antigua cárcel. Deduzco, por su forma de moverse, que hoy no ha descubierto el porqué de las cosas, como yo.

Me gusta el humo, el humo de este bar. Me atrae el color de las paredes. Aquí he escrito grandes novelas en pequeñas servilletas, pero siempre las olvido o se olvidan de mí ellas, no quieren volver a encontrarme o ni siquiera buscarme, a veces creo que nunca llegué a escribir nada, perdón por mi falta de memoria, yo amo lo que hago lo que pasa es que no me gusta su estado final.

Me gusta no tener respuesta para nada, así nadie pregunta y me dejan tranquilo, no quiero que nadie sepa de mí ni yo de ellos, por supuesto, por eso entro en silencio, me siento en mi mesa, enciendo un cigarrillo y bebo, escribo o silbo alguna melodía de los primeros discos de Cohen mientras respiro el humo de las entrañas de alguien. No siempre estoy sentado, a veces me levanto y doy vueltas sobre un eje imaginario, me gusta ver lo que pide la gente, me gusta saber que hay voces que no conozco y no soporto que me toquen.

En los huecos de la pared hay dos pequeños altavoces que hablan, dicen algo de guerra y aceite, no entiendo lo que cuentan porque no veo quien habla. Suena, a lo lejos, un ruido de cucharas, platos, risas, voces bajas, canciones aún por terminar. The times they are A´changin. El humo también habla, me habla de todo lo que quiero entender. Aspiro y relajo el pecho, como las ballenas. El humo se adapta a mis pulmones y me cuenta cosas de la ciudad, de sus calles, de los años en los que yo andaba todavía estudiando y no hacía mucho caso de los llantos de la ciudad, de los días en que se conocieron mis padres, de nadie y de mí, de todo lo que quiero entender, de lo único que me interesa saber, de la vida humilde de un barrio oculto bajo grandes edificios e imprentas, de todo lo que quiero ser, del porqué de todas las cosas.

El cigarro se acaba y me quedo sin entender muchas historias, ninguna verdad es hoy mía.

Mi voz ahora es ceniza, busco dentro de ella una razón por la que no deba seguir fumando. Intento asimilar todas las palabras y darle un sentido que aclare el porqué me pregunto algo. Soy yo el sabio agonizado, sabio para los perros y sabio para los gatos.

Sigo escribiendo frases sin sentido, interminables espirales de bolígrafo azul que no llevan a ningún sitio, por eso lo rompo todo, no quiero que nadie sepa de mí. Jamás publicaré un libro, la gente no tiene derecho a leer mis pensamientos, me violarían cabezas llenas de ranas que no saben nadar.

Enciendo otro cigarrillo y aspiro, hoy tengo muchas preguntas, moriré de algo del pulmón, moriré de curiosidad, de necesidad de saber del porqué de mi tristeza. Soy un escritor de mierda, asustadizo, además canto mal y no sé dibujar más que caras dormidas que se parecen a mí.

Primera pregunta, primer desconsuelo. Buenas cosas mal dispuestas. Hoy tengo dinero para este café, mañana no sé, tal vez no vuelva, tal vez no me levante de la cama, tal vez no abriré mis párpados cansados.

En fin … Todo va mal, el fin del siglo, el fin del mundo, quién me lo va a negar, basta mirar y tener los ojos bien abiertos…

… Sic transit gloria mundi ….

© El Ignorante