El único castigo que Marcos recibía de su padre era la prohibición de acercarse a las ventanas de casa por miedo a que cayera al pavimento de abajo, a la agitada calle. Nunca fui un niño interesado en juegos de balas y jeringas.
Marcos era pequeño, como un hueco. De su ausente desparpajo fluía la timidez del que se enfrenta al primer día de cualquier cosa. Absorto y mudo a veces, siempre con la lengua fuera, no por burla sino por descuido, pasaba los días entre realidades y ogros que él mismo construía. En las tardes de lluvia, Marcos se acercaba a la ventana mientras su padre revisaba los gastos de la tienda entre el cigarro y el coñac. Dos pasos, una mirada atrás y seguía, dos pasos y atrás hasta llegar al cristal. Acomodaba la barbilla en el metal y empujaba despacio con sus manos y abría y dejaba ahora todo sin esbozo ni disfraz, elevaba sus diminutos tobillos para llegar a sacar los brazos al aire mientras caía, como llanto de plata, la lluvia entre sus dedos. Me gustaba sentir el frío entre mis desordenadas falanges. Se rompían las gotas sobre sus manos y contaba, casi con medio cuerpo fuera, uno a uno los paraguas de colores que veía, hasta que su padre se volvía y dando un salto desde la mesa a la ventana le cogía por la espalda y gritaba Marcos, no vuelvas a hacer eso, no te lo voy a volver a repetir, asustado corría y se sentaba en el sillón con la pierna derecha cruzada sobre la izquierda, como si ya fuese mayor.
Marcos no tenía hermanos ni madre. Los hermanos no llegaron debido a un problema de tiempo, la madre se fue por uno de autoestima balanceándose sobre el suelo.
Carla era la madre de Marcos, lo sigue siendo aunque nadie le hable de ella cuando pregunta a qué hora llega mamá, el silencio es ancho cuando Marcos quiere saber de su madre, no es fácil para nadie. Ni su padre ni sus abuelos le han contado nada y no lo harán hasta dentro de algunos años, cuando empiece a preguntar sobre el porqué de la mancha que tiene en su labio inferior, es herencia de mamá, ella tenía una idéntica a la tuya, eso le pasa a mucha gente, son cosas que se heredan, como la simpatía o la tristeza. Marcos volverá a preguntar pasado el tiempo, ahora sobre Carla y su padre encorvará la espalda y le contará todo lo que no sabe, más tarde le dará el dibujo que hizo su madre antes de que él naciera. Un pájaro sobre un alambre. Marcos lo guardará siempre como un recuerdo de lo desconocido. Es bonito, como mamá.
En la tienda, el padre Marcos vendía zapatos y los reparaba y también tenía cordones y calzadores. La montó después de lo de Carla, antes fue feliz.
Marcos no fue al colegio hasta cumplir ocho años. Al nacer le diagnosticaron dermalgia y tuvo que soportar un largo tratamiento. Una vecina, Elena, le ensañaba a dibujar por las mañanas y a leer por las tardes. El marido de Elena consiguió trabajo en el extrarradio y a los dos meses del primer dibujo y la primera palabra decidieron marcharse a algún piso barato de la periferia. Tuvieron un hijo y cuando éste pronunció por primera vez mamá , Elena se acordó de Marcos y pensó en él durante unos minutos, a la vez que vestía a su niño.
Todos los martes, a las seis de la tarde, lloviera o no, acudían dos estudiantes a la pared de ladrillo gris que Marcos veía desde su ventana. Enamorados el uno del otro se besaban durante cinco minutos y se acariciaban la cara antes de despedirse. Se marchaban por distintas calles, la chica con paso ligero, el chico con la mirada baja. Si llovía se abrazaban muy fuerte y el chico tapaba a la chica con la chaqueta marrón del uniforme del instituto. A Marcos le gustaba mirarlos, apoyaba la frente y las manos en el cristal y sólo movía los ojos. El chico regalaba a su novia notitas a bolígrafo azul, en ellas escribía las frases de algunos libros o citas que aprendió, las cerraba con un te quiero, siempre estaremos juntos. Besos. Marcos estaba atento a todo y siempre que su padre no lo impedía seguía los besos de aquellos adolescentes con gran puntualidad y atención. Un martes no llovió, diciembre, pegaban carteles de cine francés anunciando Jules et Jim y un circo llegaba al pueblo.
Con humor despeinado, Marcos se despertaba a la vez que su padre, andaba por el pasillo con los brazos caídos y llegaba al pequeño salón para abrir el cajón donde guardaba colores y cuadernos. Su padre lo llevaba con él a la tienda. Marcos siempre fue callado y tranquilo y no entorpecía el trabajo de su padre. Entre golpes de martillo, olor a cuero y clientes que entraban y salían con calzado nuevo o remendado, Marcos, sentado en la trastienda empezaba a dibujar aunque ya no estuviera Elena. Mi madre me dejó manchas de pintura en cambio de besos.
Rara es la vez que no llamaba la atención un niño tan callado. Las vecinas decían, que chico más educado y formalito, no como los míos que siempre andan peleando, su padre asentía y esbozaba media sonrisa, hasta luego, siento lo de Carla. Nadie hablaba hasta llegar a casa, ni Marcos ni su padre. Gracias.
Zapatos no le faltaban a Marcos, tenía unos marrones muy bonitos que siempre quería ponerse, daba igual el momento y el lugar a donde ir, a él le gustaban y los usó hasta desgastarlos. De mayor los encontró en una caja y con betún los adecentó para dejarlos como recuerdo sobre una leja junto a las obras completas de William Faulkner.
Para Marcos no había mayor placer que observar todo desde la ventana de casa. La iglesia a lo lejos, la plaza que se tiñe de colores según horas y tiempo y gente, las mujeres del mercado que imponen su voz a las demás, los perros, la lluvia, los estudiantes enamorados y sus besos, su padre que vuelve del estanco con las manos cortadas y la mirada al suelo, como buscando recuerdos, su madre, que tal vez aparezca doblando la esquina.
La vida de Marcos a través de los cristales de casa es sólo la vida de un niño sin amigos ni enemigos, sin hermanos ni madre, a veces sin voz y sin olfato, con desgracias y virtudes que adivinará en el pasar de los años.
El pájaro sobre el alambre es el rostro de su madre, el calor de los trazos es el abrazó que ya olvidó, que no echa de menos porque no recuerda haberlo tenido. El dibujo lo guardará siempre y mirando el pulso firme del carbón y la agilidad de los colores pensará en los motivos que hicieron a su madre colgarse en el desván, abandonar a su niño de pocos meses y salir de casa por el tejado, buscando luz.
Marcos es el principio de la muerte de su madre, buscará motivos para que, por una vez, esté en calma el mundo.
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