Sentado me recuerdo yo, acariciando dudas con la cucharilla del café,
mientras suena el reloj de las oficinas, marcando el paso del paso de la
tarde, ahuyentando cualquier tipo de filantropía. Me recuerdo, sí,
claramente encorvado, tratando de encontrar un sentido a la verticalidad. La
tarde se acaba pero el fin no existe. Me recuerdo, torpe y ensimismado
formando parte de este eterno balanceo.
Lo que es, existe o puede existir es un ser ridículo, le dije a la camarera
mientras le arrancaba el delantal.
Detrás, dos cuadros de James Ensor, lúgubre panorama, la tarde es
dueña de lo acostumbrado. Y el mar, como siempre, vuelve a tener sed de
higos.
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