Puedes llamarlo como quieras, darle la vuelta al nombre o traducirlo a quince idiomas. Puedes meterlo dentro de una caja y ponerle un lazo y luego sobre una estantería. Puedes contar las letras con los dedos de tus manos, aprender a tocar al piano y darle algo de música. Puedes saborearlo despacio, si en definitiva, lo que no te digo te gusta; o puedes tomarlo como si nada, con hielo o rebajado en agua. De cualquier forma seguirá siendo lo mismo, visto desde fuera o desde dentro: un sentimiento alegre, como los colores de mi bufanda.
© Carlos Rodríguez |