Me hablaba tan cerca de la cara que llegué a pensar que ella escuchaba la música más alta que cualquiera. La música sonaba tan alta porque aquello era un after y había también demasiada gente. Me hablaba directamente a la boca; puede que no quisiera que la escuchara y lo que buscara fuera un hueco entre sus palabras y mis labios.
-¿Cuál sería el sujeto y predicado de este beso?- Alcancé a oír antes de que me besara.
Luego la besé yo, y le pedí que encontrara el verbo; y así toda una noche, hablando sin decir nada, nos llevamos las palabras a la cama.
-¿Recuerdas mi nombre?- Me preguntó analizando mi mirada.
-Tu nombre suena más bonito cuando se acaricia- Y le rocé la mejilla, suave, con las yemas de mis dedos, y puse cara de pillo y una sonrisa de esas y ella en lugar de enfadarse me pidió que volviera a hacerle el amor de la misma forma: como si el mundo se acabara mañana o no nos volviéramos a ver jamás.
Y nunca más nos vimos; pero el mundo no terminó ese día, ni al otro, y ya casi no la recuerdo y mucho menos su nombre.
© Carlos Rodríguez |