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por Borja Vargas
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La comida suele estar presente en el cine como telón de fondo; se come mecánicamente y sin ser objeto de atención, como en la vida real. Es una excusa. Todos hemos visto infinidad de películas y series de televisión en las que el drama (o la comedia) explota en una mesa, en una cena familiar navideña o en la muy americana comida de Acción de Gracias. O durante un banquete de boda como en, bueno, “El Banquete de Boda”. Pero, normalmente, sólo aquellos que se atreven a entrar en el lado oscuro del hombre son los que se han centrado en el propio acto de comer, porque es algo instintivo que se relaciona de forma inconsciente con actitudes primitivas y enfrentadas a la civilización. Extravagancias que lindan con el nihilismo, entre las más interesantes están las siguientes:
LA GRAN COMILONA (La Grande Bouffe; Marco Ferreri, 1973): |

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Cuatro amigos se encierran en una casa en el campo, y comen y comen hasta morir. No hay ninguna razón aparente, ni siquiera el placer. Poco que ver con la gula, es una metáfora sobre el capitalismo, que obliga a consumir de forma imparable, sea necesario o no. Aunque es demasiado larga y repetitiva, lo que reduce su impacto conforme avanza, la película es sucia y asquerosa, escatológica hasta el extremo, incómoda y moralmente vacía. Una apología de los gases. Y su efecto en el apetito es como si a uno le vomitaran directamente en el estómago. |
| EL SENTIDO DE LA VIDA (The Meaning Of Life; T. Jones, T. William, 1983): |
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El señor Creosote es un gordo monstruoso que va a su restaurante favorito a comer hasta su límite. No importa lo que le sirvan, ni cuánto se ensucie. Si no cabe más, que traigan unos cubos para vaciarse y seguir. Pero hasta él sabe que hay un punto que no hay que cruzar. ¿Sólo una chocolatina más, señor? ¿Un mordisquito al chocolate? Y... PUM. |
| EL COCINERO, EL LADRÓN, SU MUJER Y SU AMANTE (The Cook, The Thief, His Wife And Her Lover; Peter Greenaway, 1989) |
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El cine del futuro. Greenaway explica, en forma de tragedia shakesperiana, lo que significa comer. Convierte lo que se come y la forma en que se hace en motivos filosóficos con un profundo significado existencialista. Y lo envuelve en un acabado colorista que transforma la película en una obra de arte, ayudado por una conjunción de talentos que se suman al suyo (Nyman, Gaultier...). Como en “La Gran Comilona”, la comida se confunde con el sexo, y aquí se añaden a la ecuación la muerte y la violencia. Los alimentos en sí se intuyen más que se ven, son casi el único motivo pornográfico no mostrado explícitamente, un tabú demasiado importante como para romperlo. Teatral y, a la vez, puramente cinematográfica. |
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| RAVENOUS (Antonia Bird, 1999): |
Un western muy didáctico, que nos enseña los valores de comer carne humana. Un acto que repercute positivamente en la salud y el espíritu. Original, divertida y muy bizarra, es todo lo que los familiares de los supervivientes de “¡Viven!” preferirían no saber.
FOOD (Jídlo; Jan Svankmajer, 1992):
Dividido en tres segmentos, cada uno dedicado a una comida del día, este corto con humanos del genio checo de la animación stop-motion es la aproximación más imaginativa y surrealista que el cine ha hecho al acto de comer. En el almuerzo, por ejemplo, dos hombres son ignorados por los camareros y, ante el ruido de sus tripas, deciden tomar de aperitivo, de forma más o menos elegante, todo lo que tienen a su alcance. Todo significa todo. Lógica onírica que podría quitarle el apetito al propio Lewis Carroll. |
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Para contrarrestar estas películas que, no lo neguemos, no son plato de buen gusto, basta recordar “Chocolat”. Un cuento cursi, pero tan delicioso como el chocolate que brilla en la imagen, que hipnotiza a los afortunados que pueden probarlo o, simplemente, contemplarlo en vivo. Tan empalagosa como el momento en que uno siente que otra onza de chocolate ya será empalagosa. En el terreno de la realidad, nada como cuando el director Werner Herzog se vio obligado a cumplir una apuesta ante la cámara, en el minidocumental de título autoexplicativo “Werner Herzog Eats His Shoe”. Pero, por muchos esfuerzos que se hagan (que no se hacen) para mostrar comida apetecible en la pantalla, ningún manjar de ficción podrá hacernos la boca agua y desear atiborrarnos como la pantagruélica comida de Obélix en “Astérix y Las Doce Pruebas”. Cada vez que el chef sale de la cocina con otro sabroso y humeante cerdo, ¿puede algún carnívoro evitar el babeo más goloso? |
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